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EL JUEGO DE VIVIR CREANDO

  • 10 sept 2017
  • 2 Min. de lectura

Tímidas voces ocupan las butacas. Cuando las luces tenues acaban por apagarse dan paso al silencio que se adueña de cada rincón. Ese es mi más preciado instante: el alma a la espera en el fugaz abismo que divide la nada y todo lo que está por suceder.

Hace unos días, una invitación al teatro me trajo recuerdos.

El ritual del teatro comienza con una idea, durante los ensayos crece, se llena de matices. Como en una orquesta, cada integrante es una pieza indispensable del engranaje. Los textos van tomando forma al tiempo que el cuerpo de los actores se vuelve indivisible con el de sus personajes. Nace un universo con vida propia que se torna tan real como el afuera.

Cuando el fruto está maduro es tiempo de compartirlo y cada vez que esto sucede se encuentra un sabor distinto. La incapacidad del hecho teatral de repetirse de forma idéntica, es su mayor virtud. Siempre diverso, su dinamismo en la acción es un aprendizaje constante, la evolución de un devenir imprevisible.

Mucho de lo que sucede en el teatro se asemeja al juego. Durante éste, el tiempo y el espacio toman otra dimensión, no cabe lugar para el tic-tac de las agujas en el reloj. No importa donde estemos, cualquier sitio puede transformarse en la selva, el desierto o el planeta más lejano.

Durante mucho tiempo, nuestra cultura desvalorizó el rol del juego entrada la adultez. Se lo consideró una pérdida de tiempo, que se podía más bien invertir en tareas productivas desde el punto de vista económico, en un contexto socio cultural capitalista.

Sin embargo yo pienso que crecer jugando se nos presenta como única posibilidad de ser en plenitud, haciendo cada instante presente, único e irrepetible como una escena fundamental en la obra de nuestra vida. Descubrir la magia de compartir con el otro un momento de goce y aprendizaje donde la imaginación nos transporte hacia una realidad diferente pero auténtica con nuestros deseos.

Cuando la cultura dijo prohibido jugar, se contradijo a sí misma, ya que es en esos momentos cuando más florece, emanando de su vientre las más bellas creaciones.


Recomiendo leer el libro “Free Play, la improvisación en la vida y en el arte” de Stephen Nachmanovitch

 
 
 

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