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MÁS ALLÁ DE MI RÍO

  • 10 sept 2017
  • 2 Min. de lectura

A veces no importa por cuánto tiempo o cuantos kilómetros nos alejemos, ver desde otro lugar nuestro yo olvidado, nos lleva al reencuentro con lo que fuimos, bordeando antiguos miedos, extrañándonos para volver a encontrarnos.


Llego a tu otra orilla una vez más, camino a tu oriental horizonte, me conmueve tu inmensidad inabarcable, me quedo admirándote, absorta en el rumor que entona tu oleaje. Tu costa será testigo de mis días por venir. Una vez desembarcados, piso tierra vecina bajo el calor húmedo de diciembre.

Colonia es una pausa sin tiempo, donde sólo se oye el murmullo del alma dictando las palabras. Un bastión de recuerdos anclados en un puerto perdido en mi memoria se hace presente al recorrer sus caminos llenos de historias repetidas. Sus muros en ruinas, como arrugas de una piel anciana, ven belleza en la melancolía de un pasado perdido.

Sus calles celebran en estas fechas ser patrimonio del mundo, volviéndose escenario para personajes de otros tiempos. Cada esquina lleva las marcas de haber sufrido luchas extranjeras por una tierra ajena. Detrás de un San Francisco en ruinas, la calle se va en suspiros buscando caricias prohibidas, y en la Plaza Mayor tamboriles nos llaman a acompañar sus pasos de candombe. En la penumbra de la noche, se encienden algunas ventanas entre ensayos de bailarinas y cenas cinematográficas, mientras los faroles iluminan el ritmo de un paso doble de damas ofreciendo sus manojitos de clavel.

Sigo hacia el muelle de madera donde los veleros reposan en agua calma y se siente la brisa de un verano que tardó en llegar. Me siento y contemplo el paisaje, todavía con agua para un último mate. Pienso en el río, en su atardecer que despide a un sol que amanecerá mañana, recordándonos que estamos hechos de ciclos, inmersos en el eterno girar del universo, y que no hay forma de cronometrar un instante. Estoy respirando el ahora y la vida nunca se presentó más nítida ante mis ojos.

Mi viaje a Colonia me llevó más allá de lo que imaginaba. Me hizo transitar las huellas de mi pasado reconociendo que en mis cicatrices también se encuentra la belleza, demostrándome que la vida siempre se abre camino, incluso en lo inesperado. Hoy la busco en mi presente sabiendo que nuestros faros iluminan certeros la verdad inmanente en la esencia de todas las cosas.


 
 
 

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