ENTREGA A LA VIDA
- 6 jul 2020
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Sostener con la cabeza los pies, abrir el pecho, sentirme en carne viva. Perder el equilibrio. Sentirme insatisfecha, querer llorar, llegar a enfurecer. Cortar con lo viejo, acabar con todo lo limitante. Poder y no poder. Sentirme frustrada, desamparada. Estar abierta, despejar la garganta. Hablar. Silencio. Entenderme, volverme incomprensible.
No saber dónde pisar, buscar suelo firme, un camino y en cada búsqueda encontrarme más perdida.
Conquistar la fuerza y saber abandonarla. Tener constancia comprendiendo lo inconstante.
Cuanto más flexible me creo, algo me recuerda la rigidez de mi mente. Mi cuerpo me lo dice sin necesidad de palabras.
¿Soy esa? La débil, la rígida, la inflexible, la incapaz de sostener sobre la cabeza mis pies, de caminar sin suelo. Soy vacío y todo lo que brilla en él.
Palmas sobre las rodillas,
la lengua colocada detrás de los dientes superiores junto al paladar.
Contemplen la respiración,
la inhalación y la exhalación,
el paso del aire por las fosas nasales.
Primero una y luego la otra,
como pasa el aire a través de ellas.
Perciban el aire, la liviandad del aire, su textura.
Sientan la temperatura del aire.
Noten los colores del aire.
Como si fuera la primera vez,
como si respiraran por primera vez.
Hoja en blanco,
lápiz en mano,
modelo a un lado.
Perciban el modelo,
observen las formas más allá de la apariencia,
descubran las rectas detrás de cada curva,
la particularidad de cada trazo, los contornos y relieves.
Descubran las asimetrías y las imperfecciones.
Olviden lo que saben.
Como si fuera la primera vez,
como si vieran por primera vez.
Cada grano de arena lleva todo el potencial del universo.
Descubran la singularidad de lo cotidiano.
Despierten como si fuera la primera vez.
Como si nacieran por primera vez.
Golpean las gotas de la lluvia de verano sobre el techo de mi taller. Una secuencia de sonidos impredecible. Esta lluvia es única, diferente a la última. La humedad del aire, la claridad entre las nubes, el momento del día, el juego que hace al chocar la chapa.
Y también estoy yo, percibiendo esta lluvia, dedicándole el presente.
Podría ser la lluvia, esa a la que llamo cotidianamente lluvia. Siempre permanente, la que conozco por definición, la que se produce cuando dos nubes chocan y brotan de ellas miles de gotas. Pero la lluvia de ahora es otra y la misma. si no la hubiera conocido antes la llamaría de otra manera. Pero... es que a esta precisa lluvia acabo de conocerla.
Alguien la llamó lluvia mucho antes de su existencia.
Alguien me llamó por mi nombre mucho antes que de conocerme.
¿Quién recuerda su nacimiento? Nunca vi a nadie nacer, sin embargo, todos me dicen que lo primero que hacemos al nacer es llorar. Intuyo que eso fue lo que hice. Pero antes del llanto, necesite llenar mis pulmones de aire para que se oiga mi voz.
Antes de llorar, respiré.
Nadie nos enseña a respirar, nadie nos enseña que percibiendo el aire podemos sensibilizar nuestros sentidos, detener la vorágine del tiempo, o más bien encontrar otro tiempo, un tiempo sin tiempo, un tiempo multidimensional.
Damos un valor primordial a lo real, lo concreto, lo denso. Privilegiamos ciertos sentidos por sobre otros. Deseamos que todo permanezca como lo conocemos, alguna certeza que nos mantenga en eje, con los pies sobre la tierra. Perseguimos la seguridad. Necesitamos saber cómo somos, qué somos, lo que debemos hacer, cómo lo debemos hacer. Imploramos que otros nos den las respuestas, nos alivien de la responsabilidad de decidir qué caminos tomar, nos regalen la fórmula de la felicidad, de la satisfacción. Sin embargo, cuanto más respuestas apropiamos del entorno, más perezosos nos sentimos. Nos pesa el cuerpo, nos duele la espalda, nos llenamos de contracturas inexplicables. Al empezar el día ya nos estamos preguntando cuando termina, siempre esperando que en el futuro algo extraordinario pase. Que llegue ese día mágico en el que haremos algo maravilloso.
A veces caigo en la simplificación de pensar que ciertas prácticas me darán esa solución mágica, me guiará como un mapa por el camino que debo tomar para encontrar. ¿Para encontrar qué?
A veces me peleo con las prácticas,
me frustra buscar en los mismos lugares.
A veces no entiendo, a veces no siento.
De vez en cuando soy la peor practicante.
Por momentos no practico en absoluto.
Porque la práctica no es el alivio,
no es la palabra justa,
no es el opio ni la seguridad de lo correcto.
A veces la práctica me pasa por arriba,
me derrumba, me destruye.
A veces siento miedo y me excluyo.
A veces tiemblo frente a la finitud.
A veces necesito ejercitar una voluntad inigualable.
Quizás no se desvanece aquello que nunca existió realmente.
Este escenario tan denso, tan tangible.
Quizás lo real sea lo aparente.
Escuchar que todo es una gran ficción, por momentos me oprime y por momentos me libera. ¿Qué es lo que tengo que hacer? Pues, no tengo que hacer nada. No tengo que narrar la cronología de mi vida. La vida no entiende de tiempos lineales. No tengo que probar nada. No hay nada para hacer. No hay nada. El círculo infinito de la vida se olvidará de mi nombre, de mi cuerpo, de mi carne. La vida olvidará mis pensamientos, mis angustias, mis planes. La vida arrasará con mis métodos, con mis armas de protección, con mis excusas.
Quedará un fuego divino, una luz, una energía de vida. Me uniré como partícula a su vaivén infinito. Sentiré la evanescencia. La libertad de ser la brisa. De ser el aire.
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